Querida familia de la Casa Paco Girón:
Me llamo Felipe Ndong Owono, de nacionalidad guineo-ecuatoriana. Tuve el privilegio de formar parte del programa “Alojamiento con Corazón” de la Casa Paco Girón durante el periodo 2024-2025 en Huelva. Hoy escribo estas palabras con el corazón lleno de gratitud y también con una emoción difícil de explicar, porque recordar todo lo vivido allí es volver a abrir un capítulo de mi vida que me marcó para siempre.

Mi viaje a España comenzó con un sueño que me acompaña desde niño. Nací y crecí en Guinea Ecuatorial, un país hermoso, rico en naturaleza y cultura, pero que todavía enfrenta muchos desafíos propios de los países en vías de desarrollo. Desde pequeño sentía una preocupación especial por el entorno que me rodeaba: los bosques, los ríos, el aire que respiramos. Siempre creí que cuidar la naturaleza es también cuidar a las personas. Por eso decidí dedicar mis estudios a la educación ambiental, con la esperanza de que algún día podría contribuir, aunque sea modestamente, a mejorar y proteger el lugar donde nací.
Ese sueño empezó a tomar forma cuando recibí una beca de la AECID para cursar un máster en España. Era una oportunidad inmensa, pero también un salto al vacío: dejar mi país, mi familia, mi cultura y aventurarme hacia un mundo desconocido. Con esa mezcla de ilusión y miedo comencé a buscar un lugar donde poder vivir durante mis estudios en Huelva. Fue entonces cuando la providencia puso en mi camino a unas amigas que me hablaron por primera vez de la Casa Paco Girón.
Recuerdo perfectamente el momento en que comencé a investigar sobre aquel lugar. Cuanto más leía sobre su misión, su espíritu solidario y su compromiso con jóvenes de distintos países, más sentía que ese era el sitio donde quería estar. Había algo en su filosofía que me tocaba profundamente: la idea de crear un hogar donde personas de diferentes culturas pudieran convivir, aprender unas de otras y crecer juntas.
Cuando finalmente me animé a presentar mi solicitud, lo hice con esperanza, pero también con la incertidumbre de no saber si sería aceptado. Hasta que un día recibí una llamada. Era Vicente. Aquella conversación telefónica fue, por decirlo de alguna manera, una pequeña aventura, porque la señal de internet no facilitaba mucho la comunicación. Aun así, logramos entendernos. Recuerdo que después de esa breve entrevista me llegó un mensaje que aún guardo en mi memoria como si lo hubiera leído hace un minuto: “Felipe, dinos cuándo vas a llegar para organizar mejor las cosas.” En ese momento entendí que estaba admitido.
No pude contener la emoción. Aquella simple frase significaba mucho más que una aceptación en un hogar: era la puerta de entrada a una experiencia humana que cambiaría mi vida.
Cuando llegué a la Casa Paco Girón, no sabía exactamente qué esperar. Pero bastaron pocos días para comprender que aquel lugar no era simplemente una casa. Era algo mucho más grande.
Una de las cosas que más me impactó desde el primer momento fue la sonrisa permanente de su gente. Había una alegría auténtica en los responsables, en los educadores y en quienes hacían posible el funcionamiento de la casa. Parecía que todos estaban hechos del mismo molde: un molde de paciencia, amor, respeto y cariño hacia los jóvenes. Y lo más hermoso era que ese trato no hacía ninguna distinción entre nacionalidades, culturas o historias personales. Cada uno llegábamos con nuestras tradiciones, nuestras formas de ver el mundo y nuestras propias heridas, pero allí aprendíamos que la diversidad no separa, sino que enriquece.
También recuerdo con mucho cariño cómo se gestionaban los conflictos entre nosotros. En un lugar donde conviven personas de tantas culturas distintas, es normal que surjan diferencias. Pero en la casa aprendimos algo muy valioso: a hacer las paces. Aprendimos a saber escuchar, a comprender al otro y a pedir perdón cuando era necesario. Ese aprendizaje, tan simple en apariencia, es uno de los tesoros más grandes que me llevé conmigo.
Hay otro recuerdo que siempre me hace sonreír: la cocina. Muchos de nosotros, especialmente los que veníamos de África, salíamos de nuestros hogares sin demasiada experiencia en ese ámbito. En nuestras culturas, a veces ciertas tareas están muy marcadas por costumbres familiares, y no todos hemos tenido la oportunidad de aprenderlas antes de salir de casa. Pero en la Casa Paco Girón, la cocina no era solo una tarea. Era una escuela de vida. Durante las semanas que nos tocaba el turno de cocinar aprendíamos mucho más que a preparar alimentos: aprendíamos responsabilidad, organización y, sobre todo, el valor de servir a los demás y compartir el gusto del deseo. Hoy, cuando puedo ayudar a mi familia en la cocina o preparar algo para otros, lo hago con orgullo, recordando aquellas semanas que parecían pequeñas, pero que dejaron una huella enorme en mí..

Con el tiempo comprendí que la Casa Paco Girón es algo difícil de describir con palabras. Es más que un hogar, más que una familia. Es como un pequeño mundo protegido donde todos formamos una sola piña. Un lugar donde la tristeza puede desaparecer con una simple sonrisa, donde quien llega cargado de preocupaciones encuentra esperanza, y donde incluso el más solo puede sentirse acompañado. Es un mundo capaz de hacer sonreír al huérfano, un mundo que puede borrar la tristeza en un instante escondido, un mundo lleno de alegría y de sueños de vida.
A veces pienso que daría cualquier cosa por volver atrás en el tiempo y revivir aunque fuera un minuto de aquella experiencia. Un solo minuto para volver a escuchar las voces en el comedor, para compartir una conversación sencilla, para sentir de nuevo ese ambiente de hogar que tantas veces echamos de menos cuando nos alejamos. Un solo minuto para volver a escuchar aquellas voces de Vicente, Isaac o Auxiliadora en el pasillo de las habitaciones para despertarnos en las mañanas mientras el frío del invierno nos helaba entre sabanas.
Recuerdo también los días en que asistía a la iglesia cercana, creo que era la de San Pablo. En esos momentos de silencio y reflexión siempre daba gracias a Dios y también a Francisco Girón, el hombre que inspiró este proyecto maravilloso. Una idea capaz de unir culturas distintas, de tender puentes entre continentes y de ofrecer esperanza a jóvenes que muchas veces llegan con el corazón lleno de incertidumbre.

Gracias a todas las personas que hacen posible que este programa continúe existiendo. Gracias a quienes lo sostienen con su trabajo, su dedicación y su fe en los demás. Sé que no siempre habrá sido fácil. Sé que han existido dificultades y turbulencias en el camino. Pero aun así, la luz de la Casa Paco Girón sigue encendida. Y esa luz es necesaria. Porque ilumina la vida de muchos jóvenes que llegan buscando una oportunidad, un lugar donde crecer, un lugar donde sentirse en casa aunque estén lejos de su país..
Hoy, desde lo más profundo de mi corazón, solo puedo decir gracias. Gracias por todo lo que hicieron por mí. Por cada gesto, por cada consejo, por cada momento compartido. Si intentara mencionar uno por uno a todos los que dejaron huella en mi vida, amanecería escribiendo y todavía no terminaría. Por eso solo quiero pedirles una cosa: “No apaguen nunca esta luz”. Porque la luz que brilla en la Casa Paco Girón es una luz que vence a las tinieblas. Una luz que guía a quienes han conocido el infortunio. Una luz que enseña que la paz, la convivencia y la solidaridad entre los pueblos no son sueños imposibles, sino realidades que pueden construirse cada día.
Prefiero detener aquí mi testimonio, porque mientras escribo estas palabras siento que la emoción comienza a vencerme y las lágrimas quieren salir. Solo me queda decirles: sigan luchando como lo han hecho hasta ahora. El mundo necesita lugares como la Casa Paco Girón. El mundo necesita personas como ustedes.
Con eterna gratitud, Felipe Ndong Owono
Guinea Ecuatorial.